Por: Jason
Quiero platicarles sobre algo que me llamó la atención, y que empieza con una idea incómoda, la historia objetiva de nuestra vida no existe. No en el sentido filosófico y abstracto, sino en uno muy concreto, no existe en nuestros recuerdos, que rara vez son fieles a lo que realmente ocurrió. Lo que tenemos, en cambio, es un relato, una historia que nos contamos a nosotros mismos, editada, coloreada y vuelta a escribir cada vez que la recordamos. Entender esto es el primer paso para aceptarnos, porque buena parte de lo que creemos sobre quiénes somos depende de ese relato, no de los hechos.
La memoria no es una grabadora
La cultura popular suele imaginar la memoria como una cámara de video que archiva los hechos tal como sucedieron. La ciencia dice lo contrario, la memoria es un proceso reconstructivo. Cada vez que evocamos un momento no estamos reproduciendo un archivo guardado, sino reconstruyendo la escena, mezclando fragmentos reales con las emociones, expectativas y conocimientos que tenemos hoy. Daniel Schacter, uno de los psicólogos que más ha estudiado estas distorsiones, las describe como errores del modo en que el cerebro almacena, recupera o altera la información, casi siempre sin que nos demos cuenta.
Me gusta pensar la memoria como una loca que anda por ahí inventando cosas, no miente por malicia, sino porque su naturaleza es maleable. Y esa maleabilidad tiene dos caras, una entrañable y otra peligrosa. Vale la pena mirarlas por separado.
El formol de los recuerdos
La cara entrañable aparece cuando idealizamos el pasado. Pensemos en reencontrarnos con un amor de la adolescencia, la persona real casi nunca coincide con la imagen que se guardo de ella. O pensar en volver a la casa donde se creció, a esa cocina enorme y esa terraza donde se jugaba sin límite, para descubrir, años después, que ambas eran diminutas. En los dos casos se hizo lo mismo, metimos a la persona o al lugar en formol. Los congelamos en una versión perfecta, despojada de sus defectos y de su paso del tiempo, para convertirlos en un mito que reconforta nuestra identidad presente o justifica nuestra nostalgia.
En psicología esto tiene nombre, deformación retrospectiva, o sesgo de positividad en la memoria, asociado a lo que se conoce como retrospección idílica. Al recordar difuminamos las discusiones, los defectos, las incompatibilidades, y magnificamos lo bello. No es un engaño consciente; es la manera en que la mente protege lo que quiere conservar.
La geografía de la felicidad
Aquí surge la pregunta interesante: ¿por qué el cerebro agranda las proporciones del pasado? Hay dos razones que se entrelazan. La primera es física, de niños percibimos el espacio distinto porque nuestro cuerpo era más pequeño, y todavía no habíamos aprendido el cinismo ni los límites de la adultez. Sentarse en el suelo a escuchar un cuento podía expandir un salón de clases hasta convertirlo en un bosque, un castillo o una galaxia. La segunda razón es afectiva, el cerebro prioriza el significado emocional por encima de la precisión métrica. Si la calidez de una tarde en familia fue inmensa, el espacio donde ocurrió se agranda en el recuerdo para estar a la altura de esa emoción.
Dicho de otro modo, la escala de nuestro mundo está determinada por la intensidad de nuestras emociones, no por los metros cuadrados de la realidad. Cuando fuimos felices en un lugar, el cerebro no guarda un plano arquitectónico frío; guarda la geografía de esa felicidad. No es que la memoria mienta por gusto, es que mide la importancia de un evento en volumen emocional, y si la dicha fue grande, el escenario tiene que serlo también.
Cuando el mismo mecanismo nos sabotea
La otra cara de esta maleabilidad es más oscura, y aquí es donde el asunto deja de ser tierno. Si de niños nos repitieron que éramos inútiles o incapaces, y nos creímos ese relato, pasaremos la vida alimentándolo. Incluso ante el éxito nos diremos que fue pura suerte, bajo la premisa inconsciente de que papá y mamá no podían equivocarse. Así terminamos construyendo un cuento propio a partir de ficciones ajenas.
Esto es, en esencia, el sesgo de confirmación, la tendencia a buscar, interpretar y recordar la información de manera que confirme lo que ya creíamos, ignorando cualquier evidencia en contrario. Funciona como un filtro implacable. Si fracasamos, pensamos, lo sabía, es porque soy un inútil. Si triunfamos, el mismo sesgo se encarga de restarle mérito al logro, con tal de proteger la creencia irracional de origen antes que aceptar que quienes nos formaron estaban equivocados. El cerebro prefiere la comodidad dolorosa de una narrativa conocida antes que la incomodidad de aceptar que la historia que se ha contado a sí mismo es falsa.
Vale la pena detenerse aquí, porque tocamos algo tabú: la idea de que los padres, o cualquier figura de autoridad de la infancia, pueden equivocarse al etiquetarnos. Decirlo en voz alta es un acto de liberación. Preferimos creer que nuestros éxitos fueron casualidad antes que aceptar que la narrativa heredada estaba mal, y ese preferir tiene un costo altísimo en la vida adulta.
Del cuento inocente a la manipulación
A manera de ejemplo: Hay una imagen que nos acompaña desde la infancia, la maestra de cuarto año sentándonos a todos en el suelo para leernos un cuento. Ella no nos entregaba un escenario ya construido; nos daba palabras, y era nuestro cerebro el que hacía el trabajo de arquitectura interna, diseñando rostros, colores y paisajes. En neurociencia, ese estado tiene nombre, la red de modo predeterminado, la que se activa cuando dejamos de atender el mundo exterior para imaginar, recordar o simular escenarios. Los escritores dominan esa capacidad de manera consciente, tomando fragmentos de realidad, mezclándolos con emociones y construyendo un relato coherente. En el fondo, todos somos un poco escritores, usamos la imaginación narrativa para hilar los fragmentos sueltos de nuestros días y construir nuestra identidad.
Ese mismo mecanismo, sin embargo, puede desviarse por una línea que va de lo saludable a lo peligroso, y creo que conviene pensarla en tres niveles.
El primer nivel es creativo y adaptativo: es el del escritor y el lector, el de la maestra leyendo un cuento. Aquí la imaginación construye sentido sin desconectarse de la realidad; sabemos que estamos imaginando.
El segundo nivel es la exageración cotidiana: la idealización y el sesgo de los que ya hablamos, cuando la cocina gigante resulta medir un par de metros. Aquí la mente no miente con mala intención; simplemente rellena los huecos de la memoria a favor de una emoción o una creencia que quiere sostener.
El tercer nivel es el extremo opuesto: cuando la construcción de historias se desconecta por completo de la empatía, la moral y la realidad objetiva, y entramos en el terreno de la manipulación patológica. A diferencia del escritor, que sabe que crea ficción, o de la persona común, que deforma sus recuerdos sin querer, el perfil psicopático usa la narrativa de manera radicalmente distinta, construye una máscara de cordura, una historia externa meticulosa sobre quién es —héroe, víctima, protector— para ganarse la confianza ajena. Y así como de niños podemos terminar creyendo que somos inútiles porque alguien nos lo repitió, este perfil manipula deliberadamente la narrativa de sus víctimas, haciéndolas dudar de su propia memoria —eso nunca pasó, tú estás loca— hasta erosionar su amor propio e imponer su versión de la historia. No desafía su propio relato porque su ego es rígido y carece de la introspección necesaria para decir, fui yo quien se equivocó.
La misma herramienta, entonces, puede expandir la mente de un salón entero de niños, darnos identidad —aunque exageremos el tamaño de la cocina del pasado— o convertirse en un arma de distorsión y control en manos equivocadas. Por eso vale la pena auditar y desafiar nuestros propios cuentos, para no quedar atrapados en una ficción dañina, sea la que nos contamos nosotros mismos o la que otro nos impuso.
Desafiar la narrativa para salvar el amor propio
Todo esto desemboca en la idea central, desafiar nuestra propia narrativa es la manera de salvar nuestro amor propio. En la terapia cognitivo-conductual y en la terapia narrativa este proceso tiene nombre, reestructuración cognitiva. Consiste en adoptar un escepticismo saludable frente a nuestros propios recuerdos y a los cuentos que nos contamos, y entender dos cosas con claridad, que no somos los errores del pasado ni las etiquetas que nos impusieron, y que el pasado es maleable mientras el presente es real. Igual que la cocina gigante resultó ser diminuta, muchas de las incapacidades o idealizaciones que gobiernan nuestra vida hoy están construidas sobre cimientos de recuerdos distorsionados.
Y aquí quiero insistir en algo, el amor propio no es un acto pasivo —hacer yoga, tratarse bien, ir al spa—, sino un acto de guerra intelectual contra nuestras propias creencias arraigadas. Salvarlo requiere el valor de auditar nuestra historia, ir al pasado con la madurez del presente y desmontar los mitos que ya no nos sirven. Al hacerlo dejamos de ser víctimas de un guion escrito en la infancia o la juventud, y nos convertimos en autores conscientes de nuestra propia identidad. Nos quita la culpa de haber creído cuentos ajenos, pero nos entrega la responsabilidad absoluta sobre nuestro presente.
Si de niños fuimos capaces de usar la imaginación para construir jaulas e idealizaciones, hoy tenemos exactamente la misma capacidad creativa para reescribir una historia que nos sane. El riesgo aparece solo cuando usamos esa idealización para demeritar el presente, si metemos el pasado en formol y nos convencemos de que nunca volveremos a tener una cocina tan grande, una pareja tan divina o un momento tan perfecto, convertimos un recuerdo feliz en una condena para el hoy.
El desafío, entonces, consiste en mirar ese balcón que resultó pequeño y poder decir, la terraza era diminuta, pero qué grande era mi felicidad en ese momento; y si pude expandir un espacio tan chico con la alegría de entonces, hoy tengo el mismo poder para hacer grande el mundo que habito ahora. Al final construimos la historia porque así queremos verla. La madurez emocional, y con ella el amor propio, consiste en usar esa misma capacidad de la mente para habitar el presente con la misma grandeza con la que a veces recordamos el pasado.

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