EL PUEBLO LE GANA A LA OLIGARQUÍA

Saúl Monreal Ávila

Es una lección política para América Latina y para el mundo, cuando la voluntad popular se organiza, resiste y defiende su derecho a decidir, puede imponerse frente a los poderes económicos, las élites conservadoras y quienes pretenden controlar el destino de una nación. Brasil nos recuerda que la democracia no es propiedad de los ricos, de los grandes empresarios ni de quienes creen que pueden comprar conciencias, fabricar consensos o manipular a la sociedad desde los medios de comunicación y las redes sociales. La democracia pertenece al pueblo, y es el pueblo quien tiene la última palabra.

En una época en la que las plataformas digitales se han convertido en instrumentos capaces de moldear percepciones, amplificar mentiras y construir adversarios, el triunfo de Lula demuestra que el dinero y la propaganda no garantizan el control de la conciencia colectiva, ningún algoritmo puede sustituir la voluntad ciudadana ni ninguna campaña de desprestigio puede borrar la memoria de un pueblo que sabe reconocer sus intereses. La conversación favorable que ha generado esta victoria refleja también que millones de personas siguen encontrando en los proyectos progresistas una alternativa frente a la desigualdad, los privilegios y la concentración de la riqueza, la disputa política ya no se libra solamente en las urnas, sino también en el terreno de las ideas y en la defensa del derecho de las mayorías a construir su propio destino.

La ultraderecha conservadora, aunque cambien de colores, discursos o candidatos, suelen compartir la misma aspiración de preservar los privilegios de unos cuantos y presentar sus intereses particulares como si fueran los de toda la sociedad. América Latina conoce bien esa estrategia, y México no es la excepción. Aquí también existen sectores que apuestan por la desinformación, el desgaste permanente y la intervención de intereses económicos para recuperar espacios de poder; sin embargo, se equivocan quienes confunden dinero con respaldo popular y propaganda con liderazgo. Las elecciones no se ganan únicamente con recursos, titulares favorables o campañas digitales; se ganan construyendo confianza, defendiendo causas colectivas y manteniendo una conexión auténtica con la gente.

Esta lección fortalece nuestra confianza rumbo a 2027, en México tenemos razones para creer en la continuidad de la transformación, pero también sabemos que ninguna victoria está garantizada. Hay que trabajar, escuchar a la ciudadanía, atender sus necesidades y demostrar con hechos que nuestro compromiso está con quienes históricamente fueron olvidados.

El triunfo de Lula también representa una defensa de la soberanía latinoamericana frente a los intereses que pretenden subordinar a nuestras naciones. Los pueblos no son mercancías, los países no son patios traseros y la democracia no está en venta. Brasil demuestra que la esperanza puede convertirse en fuerza política y que la voluntad popular puede derrotar a quienes se consideran dueños del destino colectivo.

Mientras tanto, nosotros somos conscientes de que el año entrante, México tendrá su propia cita con las urnas. Nuestra responsabilidad es llegar con unidad, convicción y trabajo territorial, porque la verdadera fuerza de un movimiento no está en el dinero de sus adversarios, sino en la confianza de la gente.


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