La mirada que dice «guapa»

Elaborado por: Jasson

Cuando una Virgen sale en procesión por una calle, siempre hay quien le grita «¡guapa!» desde la acera. Es un piropo de devoción, no de acoso. Pero el poeta Damián María Montes ha visto en ese grito algo más inquietante, y lo ha convertido en el centro de «La virgen violeta», un romance sobre la violencia contra las mujeres.

El autor explica que escribió el poema en la forma más antigua de nuestra lengua, el romance, con versos de ocho sílabas y rima asonante. Es el molde de los cantares medievales y llega hasta Lorca. Y explica por qué eligió un lenguaje de apariencia sencilla: en el simbolismo, dice, las apariencias esconden una verdad más profunda. Lo notable es que el poema practica lo que denuncia.

La elección de la forma no es inocente. El romance siempre ha servido para contar historias, y el romancero antiguo ya cantó a mujeres maltratadas, como la de «La bella malmaridada». Montes recoge esa herencia y la lleva a una calle de hoy. Su libro se llama Romance Herido; una forma antigua que carga con una herida de hoy.

La historia es esta. Una mujer aparece vestida como una Virgen de Semana Santa. Lleva corona, pero quizá no de oro sino de espinas. A su alrededor se acumulan los signos; el violeta de los moretones, el rojo de la sangre, una pieza rígida que le impide respirar, un sombrero con el que el hombre la obliga a callar quién es. Llega la noche, con un pecho rasgado y una cadera herida. Y al final, los faroles de los pasos iluminan su camino mientras todos miran su belleza y le gritan «¡guapa!». Nadie ve el dolor de su corazón.

Cada imagen tiene dos caras. El violeta es el moretón y es, a la vez, el color de la Cuaresma y la Semana Santa. Para quien lo lea desde hoy, es además el color con el que el feminismo marca su lucha; esa tercera capa es lectura mía, no del autor. El pecho rasgado recuerda, por su parte, a la Dolorosa con el corazón traspasado. La mujer del poema no solo se parece a la Virgen; carga con su dolor, y nadie la procesó en andas para consolarla.

Hay dos ideas en ese recorrido que merecen quedarse con nosotros.

La primera es que la violencia no siempre se muestra como violencia. El poema se pregunta cómo pueden convivir la fidelidad de un hombre y unas heridas sin curar, y responde que esa fidelidad es solo una máscara. Muchas veces, de puertas afuera, nada parece fuera de lugar. Lo que se ve es la apariencia, y lo que sufre queda detrás.

La segunda es la más incómoda; la misma mirada que venera es la que cosifica. El mismo grito que se le dedica a una imagen sagrada se le dice a una mujer de carne y hueso por la calle. Mirar la belleza sin preguntarse por la persona es una forma de no verla. Esa es, para el autor, la herida social del poema, una mujer obligada cada mañana a ocultar su rostro.

A eso se suma el silencio. En el poema, el hombre le impone un sombrero con el que la obliga a callar su identidad. Es una violencia que no deja marcas visibles; borra a la persona y deja solo la imagen. Algunos sociólogos la llaman violencia simbólica, la que funciona porque todos, quien la sufre y quien la mira, aceptamos sin darnos cuenta que así son las cosas.

Conviene, sin embargo, poner una reserva. El poeta extiende la imagen de la virgen violeta a toda mujer violentada y quizá también a toda mujer prostituida o víctima de trata. Son realidades distintas, con causas, leyes y debates propios. La metáfora gana potencia al abarcarlo todo, pero pierde precisión, y quien quiera hablar de política pública debería distinguirlas.

Queda además una pregunta que el propio poema deja abierta; ¿puede un texto bello denunciar la mirada que solo ve belleza? Creo que sí, siempre que no se quede en el adorno. «La virgen violeta» lo consigue porque nombra lo que la procesión calla, las espinas bajo la corona.

Todo esto no pide que dejemos de admirar la belleza ni que dejemos de salir a ver pasar los pasos. Pide algo más modesto y más difícil; no confundir el elogio con el respeto, ni la mirada con la atención. Preguntar a la mujer que tenemos delante cómo está, y escuchar la respuesta, cuesta menos que un piropo y tiene más consecuencias.

La próxima vez que oigamos ese «¡guapa!» en una acera, vale la pena preguntarnos qué hay debajo del manto.


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