Saúl Monreal Ávila
Lo ocurrido en una secundaria de Torreón no puede dejarnos indiferentes. Una escuela, que debería ser uno de los lugares más seguros para nuestras niñas, niños y jóvenes, se convirtió en escenario de violencia, dolor y muerte. Una trabajadora de la educación perdió la vida y varios integrantes de la comunidad escolar resultaron heridos. Detrás de cada cifra hay personas, familias, proyectos de vida y una comunidad que difícilmente volverá a mirar su escuela de la misma manera.
Lo primero es expresar nuestra solidaridad con las víctimas, con sus familias, con los estudiantes, docentes y trabajadores de ese plantel. Pero después del dolor tiene que venir la reflexión.
Porque estos hechos no son naturales. La violencia no es una conducta natural de nuestras juventudes, ni debemos aceptar como normal que un adolescente o un joven llegue a una escuela dispuesto a lastimar o matar.
Cuando algo así ocurre, tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad y qué estamos dejando de hacer.
No se trata de encontrar rápidamente un culpable único, tampoco de responsabilizar exclusivamente a los padres, a los maestros, a las escuelas, a las redes sociales o a las autoridades. El problema es mucho más complejo y, precisamente por eso, exige una respuesta colectiva.
Tenemos que mirar con mayor atención a nuestras juventudes, escucharlas, saber qué consumen en internet, qué conversaciones tienen, qué contenidos los influyen, qué violencias padecen, qué problemas enfrentan y, sobre todo, si encuentran en casa, en la escuela y en su comunidad espacios donde puedan hablar sin miedo.
También debemos recuperar algo que ninguna tecnología puede sustituir: la convivencia humana, la empatía, el acompañamiento y la capacidad de poner límites.
Como padres tenemos una responsabilidad; como educadores, otra; como autoridades, otra; y como sociedad, una responsabilidad compartida. No podemos permitir que nuestros jóvenes encuentren en comunidades digitales de odio, violencia o glorificación de agresores las respuestas que no estamos sabiendo ofrecerles en el mundo real.
Lo sucedido en Torreón debe investigarse hasta sus últimas consecuencias y con absoluto rigor.
Pero también debe servirnos para algo más profundo: preguntarnos qué estamos haciendo para cuidar a nuestras juventudes antes de que el dolor llegue.
Porque cuando la violencia entra a una escuela, no solamente se rompe una puerta, se rompe la tranquilidad de toda una comunidad. Y frente a eso, mirar hacia otro lado ya no puede ser una opción.

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