2 DE OCTUBRE … La marcha que mi hija caminó sin saber por qué

Por: Jasson

Una conversación breve me hizo preguntarme quién les explica la historia a los jóvenes. Y si no seré yo.

Hoy vi pasar la marcha. Estaba con mi hija, que ya tiene 28 años, y de pronto me nació una pregunta que no sé por qué no le había hecho antes: si cuando ella estaba en la prepa había ido a la marcha del 2 de octubre y si sabía por qué se marchaba.

Me dijo que sí había ido. Y sobre el porqué, me contestó lo que le habían comentado: que fue una matanza de estudiantes. Ahí se quedó. Me contó, sin ninguna malicia, que en realidad se iba porque era una forma de no estar en clases, y que el maestro nunca les habló del tema antes de la marcha.

No me enojé con ella. Me quedé pensando. Porque mi hija no es una joven desinteresada ni mal informada; es una mujer que piensa, que opina, que se preocupa. Y aun así, durante años caminó por una fecha que le dijeron que era importante sin que nadie le explicara por qué.

Lo que ella sabía y lo que no

Lo que mi hija sabía era verdad: hubo una matanza de estudiantes. Lo que no sabía era todo lo demás, y es en ese «todo lo demás» donde vive la historia.

No sabía que en 1968 México vivía bajo un gobierno autoritario, con Gustavo Díaz Ordaz en la presidencia y los Juegos Olímpicos a unas semanas de distancia. No sabía que esos estudiantes, organizados en el Consejo Nacional de Huelga, no pedían derrocar a nadie, sino cosas que hoy nos parecen elementales: la libertad de los presos políticos, la derogación del delito de «disolución social», que castigaba la disidencia, el fin del cuerpo de granaderos, la destitución de los jefes policiacos responsables de la represión, indemnización para las víctimas y que se deslindaran responsabilidades.

Tampoco sabía que el 2 de octubre, en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, una multitud que se reunía en un mitin fue recibida con disparos tras las bengalas lanzadas desde un helicóptero. Ni que el gobierno habló de unas decenas de víctimas mientras que testimonios e investigaciones posteriores sugieren muchas más. Hasta hoy no hay una cifra definitiva, y esa incertidumbre es parte de la herida: no sabemos cuántos fueron porque durante mucho tiempo se hizo todo para que no pudiéramos saberlo.

Sin ese contexto, «matanza de estudiantes» es un dato triste. Con él, es una lección sobre lo que ocurre cuando el poder no tolera que se le exija.

Un hueco que no es solo de ella

Me gustaría decir que esto es una anécdota aislada, pero no lo creo. Creo que le pasó a mi hija como le ha pasado a muchos de su generación, y como tal vez nos pasó a nosotros en otra medida.

El calendario cívico se nos ha vuelto una colección de días de asueto y de desfiles. El 16 de septiembre, el 20 de noviembre, el 1 de mayo, el 21 de marzo: fechas que los niños recitan para un examen o ensayan para un bailable, pero cuyo trasfondo casi nunca se discute. Las luchas de poder, las tensiones sociales, lo que costó cada cosa. Cuando a la historia se le quita el conflicto, se queda como adorno. Y una historia de adorno no sirve para entender el presente.

Con el 2 de octubre pasa algo todavía más delicado. Es una fecha incómoda, que habla de un Estado que reprimió a sus jóvenes, y es más fácil nombrarla que explicarla. Se cumple con la fecha, se suspenden las clases o se permite la salida, y el contenido se queda afuera. Se enseña que pasó, pero no por qué pasó ni qué nos dice hoy.

La parte que me toca

Y aquí es donde la pregunta se me devuelve. Porque no puedo escribir todo esto señalando solo a la escuela.

Durante años di por hecho que en la escuela se encargarían de esa parte de su formación. Que la historia se aprendía en el salón y que a mí me tocaba lo demás: la comida, los consejos, el apoyo. Nunca me senté a conversar con ella de Tlatelolco. Tuvieron que pasar más de diez años desde aquella prepa para que me ocurriera preguntarle qué sabía.

Esa conversación de hoy no resolvió nada, pero algo cambió. Me recordó que la memoria no se hereda solo en los libros de texto. Se transmite en la sobremesa, en el trayecto en coche, en la pregunta casual de un padre a su hija. Y que nunca es tarde para empezarla, aunque la hija ya tenga 28 años y uno llegue con años de retraso.

Lo que está en juego

Quien no entiende por qué se pidió la libertad de los presos políticos o la derogación de una ley que castigaba pensar distinto, difícilmente dimensiona por qué hoy existen libertades civiles, derechos laborales e instituciones democráticas, ni por qué cuesta tanto defenderlos. Esas cosas no cayeron del cielo. Alguien las exigió, y a veces pagó con la vida.

Por eso creo que la mejor manera de honrar el 2 de octubre no es solo salir a marchar, sino saber por qué se marcha. Que cada joven que camine pueda decir no únicamente «hubo una matanza», sino qué querían aquellos estudiantes, qué les respondieron y qué nos dejaron.

Hoy aprendí que mi hija sabe que algo terrible pasó. Y aprendí que a mí me toca ayudarle a saber lo demás, y quizá a otros padres también.

La próxima vez que hablemos de esto no será para que me responda como en un examen, sino para contarnos, uno al otro, lo que cada quien entiende.

Que no se olvide, sí. Pero sobre todo, que se entienda.


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