Por: Jasson
Hay una frase que le da título a un libro de entrevistas al filósofo estadounidense Richard Rorty que me gustó: «Cuidemos la libertad y la verdad se cuidará sola». Suena casi ingenua en 2026, cuando abrimos el teléfono y nos recibe un tsunami de información contradictoria, medios que cuentan la misma noticia de tres maneras distintas y gobiernos que maquillan cifras con la misma naturalidad con que uno acomoda el pelo antes de una foto. Y sin embargo, cuanto más se le da vueltas, más me convence de que el problema no es la frase. El problema es dónde empezamos a contar la historia.
El error de empezar por los medios
Cuando hablamos de desinformación, casi siempre arrancamos la conversación en el lugar equivocado, en la pantalla. Culpamos al algoritmo, al canal de noticias, al político de turno. Y no digo que no tengan responsabilidad —la tienen, y grande—. Pero hay una pregunta más incómoda que casi nadie se hace, ¿quién nos enseñó, por primera vez, a relacionarnos con la verdad?
La respuesta no es un medio de comunicación. Es la mesa familiar.
La primera vez que alguien editó la verdad para protegernos
Pensemos en algo simple. Un abuelo muere y a los chicos de la casa se les dice que «se fue de viaje». Los padres se separan y la explicación que reciben los hijos es una versión pulida, sin el detalle incómodo que en realidad lo motivó. Alguien perdió el trabajo y en casa se habla de «un cambio», no de un despido. En todos estos casos hay una intención hermosa, proteger. Evitar dolor a alguien que todavía no está preparado para cargarlo.
El problema no es que esto exista —probablemente sea inevitable, y hasta necesario—. El problema es lo que enseña sin que nos demos cuenta, que la verdad completa es peligrosa, que alguien con más autoridad tiene derecho a decidir qué parte de la realidad nos toca conocer, y que cuando algo nos incomoda, lo razonable es que otro lo resuelva por nosotros, editando.
Ese aprendizaje —silencioso, invisible, hecho con amor— es el mismo molde que después usan, sin ningún amor de por medio, los medios que recortan una noticia para que convenga a un relato, o los gobiernos que muestran una estadística y esconden la de al lado.
La historia de un país hace lo mismo que hace una familia
Si esto pasa en casa, pasa también a una escala mucho más grande, la de un país entero. Ninguna nación se cuenta a sí misma con total crudeza. Se recuerdan las gestas, se opacan las masacres. Se enseñan héroes sin grietas, cuando en realidad todo héroe real tiene grietas. Se necesita, casi siempre, a un enemigo externo que ordene el relato interno.
No es una conspiración, es el mismo instinto de la mesa familiar, multiplicado por millones de mesas. Se prioriza la cohesión del grupo sobre la incomodidad de la verdad completa. Y así como en una familia ese hábito puede formar personas más frágiles frente a la manipulación, una nación que nunca revisa su propio relato forma ciudadanos menos entrenados para desconfiar cuando alguien —un medio, un gobierno, un influencer con micrófono— les vuelve a ofrecer una historia demasiado prolija para ser del todo cierta.
Entonces, ¿toda mentira piadosa es mala?
No necesariamente. Acá hay un matiz importante, y es el que de verdad importa. La diferencia no está en si editamos la verdad —eso, en algún grado, es inevitable en cualquier vínculo humano—. La diferencia está en cómo lo hacemos.
Hay una edición honesta: «hay cosas de esto que todavía no te puedo contar, pero cuando estés listo, hablamos». Ahí el otro sabe que le falta información, y algún día podrá buscarla o pedirla.
Y hay una edición tramposa, presentar la versión recortada como si fuera la historia completa, sin dejar ninguna pista de que algo quedó afuera. Esa es la peligrosa de verdad, porque no sólo nos priva de un dato, nos priva de la sospecha de que algo nos están ocultando.
Esa segunda forma es, ni más ni menos, la lógica de buena parte de la desinformación que hoy circula, no se trata sólo de mentir, se trata de mentir sin dejar rastro de que se está editando algo.
Lo que de verdad hay que cuidar
Volvamos entonces a la frase de Rorty, pero con una vuelta de tuerca. La libertad que hay que cuidar no es solamente la de la prensa para publicar sin censura, ni la del ciudadano para opinar sin miedo —aunque eso también, y es urgente—. Hay una libertad más íntima y menos visible, la capacidad de tolerar la incertidumbre sin necesitar que alguien nos la resuelva del todo, la costumbre de comparar versiones antes de creer la primera, el hábito de sostener una idea con firmeza sabiendo, al mismo tiempo, que podría estar incompleta.
Esa capacidad no la enseña un curso de educación cívica ni una campaña contra las fake news. Se entrena —o se atrofia— mucho antes, en las conversaciones de la infancia, en cómo una familia responde cuando un chico pregunta algo incómodo.
Quizás por eso la fórmula de Rorty, más que una promesa, sea una tarea pendiente que empieza mucho antes de lo que pensamos, no alcanza con exigirle transparencia a los medios y a los gobiernos si en casa seguimos enseñando, sin darnos cuenta, que la verdad completa es siempre demasiado peligrosa para contarla.
“Cuidar la libertad, entonces, empieza en una mesa familiar. La verdad, quizás, recién después se cuide sola”.

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