Por: Jason
Los filósofos siempre han buscado plazas y espacios públicos donde difundir sus ideas. Salgamos, entonces, del foro griego y vayamos a una plaza cualquiera de nuestra ciudad para charlar sobre algo que quizá nunca nos hemos preguntado en serio: ¿para qué sirven los filósofos? Si nos plantean cuál es el papel de la filosofía hoy, es probable que más de uno se rasque la barbilla, mire hacia arriba y dude de que los filósofos tengan verdaderamente sentido en una sociedad como la nuestra. Conviene, antes de responder, aclarar algunos matices sobre cómo se suele entender la filosofía, porque muchos se apoyan —a hombros de gigantes— en pensadores que dan fundamento a sus propias ideas.
Para situarnos, retrocedamos hasta el bachillerato, cuando quizá padecimos alguna asignatura de filosofía, ética o lógica, y un profesor se empeñaba en que memorizáramos quiénes eran Platón y Aristóteles. Esos conocimientos están bien; son necesarios. Pero la filosofía es mucho más que eso, abarca ramas como la lógica, la metafísica, la estética, la epistemología o la teoría del conocimiento. Entre todas ellas hay una especialmente singular, interesante y necesaria, la ética.
La ética no es otra cosa que el modo en que los animales humanos nos relacionamos entre nosotros, y esto es fundamental entenderlo desde el principio. Da igual que esa relación consista en hablar cordialmente, en que uno hable y otros escuchen, o incluso en ignorarnos mutuamente, si compartimos un mismo espacio, ya estamos ante una relación ética. Y las relaciones éticas, en sentido estricto, no se juzgan como buenas o malas. Solemos escuchar frases como «este hombre es muy poco ético» o «esta empresa tiene muy mala ética», pero se trata de un uso impreciso del término, porque lo que ahí se juzga no es la ética en sí —el espacio de relación—, sino la moral.
Conviene distinguir ambos conceptos. La ética, según esta lectura, es ese espacio de relación en el que todos estamos inmersos por el simple hecho de ser humanos, de desarrollarnos en sociedad, en comunidad, unos con otros, nos gustemos o no. Es la disciplina filosófica que estudia ese modo de relación. La moral, en cambio, son las reglas concretas —variables según la cultura, la época o la comunidad— que rigen y determinan cómo debemos comportarnos dentro de ese espacio ético. El paralelismo con los animales no humanos es útil, así como la etología estudia el comportamiento de los animales entre sí, la ética estudia el comportamiento y la relación entre los seres humanos, gobernada por las distintas morales que la habitan.
Por el mero hecho de ser humanos y desarrollarnos en comunidad, quedamos —queramos o no— atados los unos a los otros. Es casi una condición genética, estamos determinados por nuestra propia naturaleza a vivir con los demás, porque, como decía Aristóteles, el hombre es un animal político. Por eso la ética resulta tan importante. El gran maestro José Antonio Marina lo expresó de forma memorable, los grandes problemas del mundo no son políticos, no son económicos, no son científicos; los grandes problemas del mundo son éticos, porque en última instancia siempre remiten al modo en que nos relacionamos unos con otros.
Si no somos capaces de entender que estamos condenados a vivir juntos, y que esa condena puede llevarse muy bien, seguiremos repitiendo lo que hemos hecho durante los últimos trescientos mil años con bastante regularidad, darnos de bofetones los unos a los otros. Pero si entendemos que esto puede cambiar y mejorar desde la filosofía, entonces tenemos por delante un camino hermoso —o, si no hermoso, al menos optimista. Cabe preguntarse si el mundo tiene futuro. Y la respuesta es que sí, pero sólo si aprendemos a tomarnos en serio esa pregunta.
Vivimos en una sociedad profundamente polarizada, una sociedad que parece haber descubierto el insulto y la descalificación como método de hacer política y, paradójicamente, como forma de no resolver nada, así no hay nada que solucionar, sólo gasolina que seguir echando al fuego. Ante tanta polarización, los filósofos intentan rastrear el origen del problema, qué ha ocurrido para que lleguemos a esta situación. Y, como ocurre siempre en estos casos, se apela a la historia, se busca en nuestro pasado inmediato, en nuestra cultura, en nuestros textos y en nuestros autores, algún camino que nos ayude a entender hacia dónde vamos.
Aristóteles le dijo a su hijo algo hermoso que ilustra bien este ejercicio de honestidad intelectual. Es, además, un autor más complicado de leer que Platón, cuyos diálogos se leen casi como una obra de teatro. Aristóteles, discípulo de Platón, no dudó en criticar a su maestro cuando lo consideró necesario, «Platón escribe muy bien, es cierto, y yo soy amigo de Platón; pero soy más amigo de la verdad». Nosotros, desde luego, no escribiremos tan bien como Platón, pero al menos podemos aferrarnos a la verdad.
Existen obras inmortales que, además, son fáciles de leer. Un libro trascendental para la mayoría de los filósofos —y que debería regirnos— es la obra fundadora de cómo hablar de ética y de cómo llevarla al mundo. Es fácil de leer, curiosamente, porque Aristóteles no la escribió como erudito para eruditos, sino para su hijo. Tiene sentido, la intención de cualquier padre es que su hijo sea feliz, y ese libro debía entenderse bien, entenderse con facilidad. Se llama la Ética a Nicómaco, y en ella hay una frase que se vuelve crucial, Aristóteles le dice a su hijo «no confíes en las personas que no tienen amigos, porque es imposible que sean felices».
Detengámonos en esa frase. No confíes en una persona sin amigos, porque lo lógico entre los seres humanos es confiar los unos en los otros. ¿Y por qué debemos confiar? Porque vivimos juntos, los unos con los otros. Qué difícil es vivir desconfiando del vecino, del compañero o de quien nos presta algún servicio; qué incómodo resulta desconfiar a diario de la persona sentada a nuestro lado en el cine o en el teatro. Es complicado vivir sin confiar en los demás. Pero, ¿por qué es tan importante la amistad para Aristóteles? Porque un hombre sin amigos no puede ser feliz, y con esa frase Aristóteles le está revelando a su hijo, en realidad, el sentido de la vida. Por eso el verdadero tema de este libro es la ética entendida como el camino hacia la felicidad. Como dicen los filósofos desde el principio de los tiempos: «la ética es el arte del buen vivir».

Deja un comentario