Cuando nuestras creencias se vuelven contradictorias

Lo que otros ya nombraron, y que sigue hablándonos hoy

Por Jasón

Todos hemos sentido, alguna vez, que aquello que creíamos saber sobre nosotros mismos deja de sostenernos. No es una crisis con nombre ni diagnóstico. Es algo más difícil de señalar, la sensación de que el suelo desaparece y ya no hay nada firme de qué agarrarse. No siempre llega con un golpe evidente; a veces basta un día cualquiera en el que lo que antes daba sentido a las cosas, simplemente, deja de dárselo.

Lo curioso es que ese instante no es nuevo. No pertenece en exclusiva a quienes vivimos rodeados de pantallas y de ruido constante. Otros lo vivieron, lo sintieron y, sobre todo, lo escribieron hace siglos, con otras palabras, pero con la misma exactitud emocional. Y ese es, quizá, el hallazgo más reconfortante que se puede hacer en medio de una noche así, descubrir que nadie está inaugurando nada, que otros ya trazaron el mapa y que ese mapa, sorprendentemente, todavía sirve.

San Juan de la Cruz y la noche que también es luz

Juan de Yepes ―conocido como San Juan de la Cruz― fue fraile carmelita, reformador y también preso, pasó meses encerrado en una celda de Toledo por defender una reforma que incomodaba al poder de su orden. Fue ahí, en el encierro, donde escribió algunos de los versos más luminosos de la literatura española.

Llamó a esa experiencia “la noche oscura del alma”, y no la propuso como metáfora decorativa, sino como algo que él mismo atravesó, el momento en que las certezas desaparecen y ya no sabemos ni quiénes somos ni hacia dónde vamos. Lo revolucionario de su propuesta es que no presenta esa noche como un problema que resolver cuanto antes, sino como un camino. Así lo escribió:

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!, salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.

Cuando todo lo externo se apagó, cuando ya no había ruido, entonces —y solo entonces— pudo moverse algo verdadero. Nosotros hacemos lo contrario, llenamos cada hueco del día con música, notificaciones y conversaciones que no necesitamos, con tal de no escuchar lo que hay dentro. San Juan de la Cruz dice justo lo opuesto, es en ese silencio, en esa oscuridad, donde empieza algo nuevo. Quizá lo que necesitamos no es salir de la noche cuanto antes, sino aprender a caminar en ella, confiando en que ahí dentro también puede gestarse algo que después ilumine.

Antonio Machado y el camino que no existe hasta que se camina

El verso más citado de Antonio Machado ―caminante, no hay camino, se hace camino al andar― lo hemos visto en tazas y carteles, tantas veces que casi ya no lo escuchamos. Pero leído entero, y sabiendo cuándo se escribió, recupera una profundidad que ninguna taza puede contener.

Machado lo escribió tras perder a su esposa, Leonor, muerta a los 24 años tras una larga enfermedad; llevaban tres años casados y él tenía 37. No nace de una reflexión abstracta, sino del dolor concreto de un hombre que se queda solo y que, aun así, tiene que seguir viviendo sin saber hacia dónde. Vale la pena leerlo completo:

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.

El camino no existe antes de recorrerlo, no hay mapa previo que indique la salida. Lo único que puede hacerse es caminar, y de ese caminar solo quedan las huellas. La imagen final ―al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar― tiene una honestidad casi brutal, lo que queda atrás, queda atrás no como condena, sino como hecho consumado. Machado lo sabía porque lo escribió desde el dolor real, no desde la teoría. Por eso el verso todavía funciona, más de cien años después.

Lo que la psicología y la filosofía descubrieron después

Esta misma experiencia ―la caída de las certezas, la oscuridad que resulta ser umbral― no se quedó en la poesía ni en la mística. Siglos después, la psicología y la filosofía llegaron, por caminos distintos, a conclusiones muy parecidas. Que disciplinas tan diferentes coincidan en lo mismo es la mejor prueba de que no se trata de una idea religiosa ni de una licencia poética, sino de algo estructural en la experiencia humana.

Carl Jung describió un proceso semejante al de San Juan de la Cruz, aunque lo llamó individuación: el proceso por el cual una persona deja de sostenerse en la identidad construida desde fuera y empieza a integrar las partes de sí misma que había mantenido ocultas. Para Jung, una crisis de identidad no era necesariamente un signo de enfermedad, sino, muchas veces, el inicio de una transformación psíquica genuina, una especie de descenso necesario antes de cualquier reordenamiento interior. Es, dicho de otro modo, lo mismo que San Juan de la Cruz había nombrado desde el lenguaje místico cuatro siglos antes.

Viktor Frankl llegó a una intuición parecida desde un lugar radicalmente distinto, los campos de concentración nazis, donde sobrevivió a Auschwitz. De ahí nació la logoterapia, basada en una idea sencilla y difícil de sostener a la vez, un ser humano puede atravesar prácticamente cualquier sufrimiento si logra encontrarle un sentido. Frankl no decía que el sufrimiento fuera deseable, sino que incluso cuando todo lo demás ha sido arrebatado queda una última libertad, la de elegir la actitud frente a lo que ocurre. Esa idea dialoga directamente con Machado, el sentido del camino, si existe, se construye caminando, igual que el camino mismo se hace al andar.

Vistas juntas, estas voces ―la mística del siglo XVI, la poesía y la psicología clínica del siglo XX― no se contradicen, se confirman. Cada una llega desde un lugar distinto ―la fe, el duelo, la ciencia― y, sin embargo, describen el mismo movimiento, algo se derrumba, no hay mapa ni certeza que sirva de guía y, aun así, ahí dentro puede empezar a gestarse un sentido nuevo.

Lo que permanece

Algo une a San Juan de la Cruz, a Machado, a Jung y a Frankl más allá de la lengua, el siglo o la disciplina, todos escribieron desde una pérdida real, no desde la especulación, y ninguno ofreció un consuelo fácil, sino una manera distinta de mirar la pérdida misma. Uno dice que la oscuridad puede ser también luz. Otro, que el camino no existía antes de caminarlo. Los otros dos, desde la ciencia, confirman que ese descenso puede ser el inicio de una transformación y que incluso ahí queda algo irrenunciable, la libertad de elegir un sentido.

Lo que ellos escribieron hace siglos no se quedó atrapado en su época, permaneció, y permaneció justamente para esto, para encontrarse con nosotros ahora que vivimos una versión distinta de lo mismo que ellos vivieron. La noche oscura no desapareció, solo cambió de forma; el camino sin mapa tampoco, aunque hoy lo llamemos incertidumbre, transición o un mal año.

Cuando algo se escribe con esa honestidad, deja de pertenecer únicamente a quien lo escribió y se convierte en un lugar común, en el sentido más noble de la palabra, un terreno que cualquiera puede pisar cuando lo necesite. Por eso un texto del siglo XVI puede describir con exactitud lo que alguien siente hoy al perder un trabajo, una relación o una certeza sobre quién es.

No se trata de buscar consuelo en la nostalgia ni de repetir versos como fórmulas mágicas, sino de reconocer que si estamos atravesando una noche oscura o un camino que aún no existe, no estamos solos en el tiempo. Alguien más lo nombró antes; alguien más encontró, del otro lado, algo parecido a la luz. Y ese solo hecho ―que la experiencia se repita, que dialogue por encima de los siglos― ya es, en sí mismo, una forma de compañía.

Quizá de eso se trata leer a quienes ya atravesaron lo que ahora atravesamos nosotros, no para que nos digan qué hacer, sino para confirmar que lo que sentimos tiene nombre, tiene historia, y que, como toda noche, también esta puede ser camino.


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