Saúl Monreal Ávila
Quieren que otro país intervenga en México, quieren que haya sólo un voto por familia, quieren que no todos tengan derecho de votar, creen que no todos los mexicanos somos iguales, ellos creen en hacerle exámenes a la gente que no tuvo acceso a la educación para que puedan ejercer sus derechos, es más, creen que la gente más pobre no debería tener ciertos derechos… vaya que extraviados están.
Hoy ya no vemos en la oposición una confrontación de ideas, vemos como llaman a que renunciemos a los principios y derechos democráticos que en décadas hemos logrado, eso es exactamente lo que comienza a observarse en ciertos espacios de opinión, algunos medios tradicionales y una creciente oferta de podcasts donde, bajo la apariencia de un análisis independiente, se articula un discurso profundamente conservador que pretende erosionar la legitimidad de las instituciones democráticas y del proyecto político que hoy gobierna México.
Resulta llamativo que muchos de sus protagonistas insistan en presentarse como «apartidistas», «liberales» o «ni de derecha ni de izquierda», sin embargo, basta escuchar con atención el sentido de sus intervenciones con la crítica sistemática a la Cuarta Transformación, al expresidente Andrés Manuel López Obrador y a la presidenta Claudia Sheinbaum, mientras guardan un silencio absoluto, hoy frente al huachicol del Caso Ruffo Appel, Maru campos, Alito Moreno y sus excesos, los alcaldes de Morelos y las responsabilidades históricas de sus políticos que durante décadas condujeron al precipicio al país.
La pobreza intelectual de la derecha ya es preocupante. En lugar de confrontar políticas públicas con evidencia o construir propuestas alternativas, algunos han optado por elevar la desinformación a método de comunicación. Lo verdaderamente inquietante no es la crítica, sino la normalización de la mentira como herramienta política, en uno de esos espacio para redes lo dijeron tal cual: lo que la oposición debería de hacer es: “mientras más mentiras des contra morena, mejor te va”, lo dijo un tal Carlos Alazraki en un programa para redes sociales, o que lo importante es viralizar una narrativa independientemente de su veracidad.
Pero quizá el síntoma más alarmante sea la reaparición de propuestas que representan un abierto retroceso democrático, escuchar planteamientos según los cuales una sola persona debería votar en representación de toda una familia o que el ejercicio del sufragio tendría que condicionarse a la aprobación de un examen revela una visión profundamente elitista del poder, esas ideas no son innovadoras ni provocadoras; son, sencillamente, un retroceso.
El sufragio universal no nació como una concesión de las élites sino de una larga lucha por la igualdad. Pretender que el nivel educativo, la condición económica o cualquier otro criterio determine quién merece votar significa un retroceso que la historia democrática superó hace muchas décadas.
Paradójicamente, quienes acusan al gobierno de autoritario terminan defendiendo mecanismos propios de un autoritarismo ilustrado, donde una minoría pretende decidir quién es suficientemente apto para participar en la vida pública.

Deja un comentario