Saúl Monreal Ávila
Durante años construyeron un discurso basado en la supuesta superioridad moral de la derecha mexicana, desde esa posición se asumieron como juez permanente de la vida pública nacional, repartiendo acusaciones, descalificaciones y condenas contra todos aquellos que no compartieran su visión política; sin embargo, los acontecimientos de las últimas semanas han vuelto a exhibir una realidad incómoda, que cuando los escándalos golpean a sus propias filas, el silencio, la negación y la simulación sustituyen súbitamente a su siempre escandalosa indignación.
La llamada Operación Enjambre ha provocado la detención de diversos funcionarios y exfuncionarios municipales por presuntos vínculos con actividades ilícitas. Entre los casos más notorios se encuentran presidentes municipales identificados con el PAN o con coaliciones encabezadas por ese partido, frente a ello, en lugar de asumir una posición de responsabilidad política, numerosos dirigentes optaron por una estrategia que los mexicanos han visto repetirse una y otra vez: deslindarse, decir: “es que ellos no son panistas”, aunque hasta hace poco aparecían en fotografías, campañas electorales y eventos partidistas con ellos.
A esto, se suman escándalos como el protagonizado por el presidente municipal de Metepec en un club deportivo hace unos días; o el que es quizá el episodio más lamentable dicho por político alguno en México, por la cuestión moral que implica, el protagonizado por la dirigente estatal del PAN en Chihuahua, Daniela Álvarez, quien en medio de la confrontación política con la senadora Andrea Chávez a quien enviamos un fuerte abrazo y nuestro respaldo, decidió llevar el debate a un terreno tan bajo y ruin, que debería permanecer fuera de cualquier disputa partidista, y que por obvias razones ya ni quiero mencionar. vez más, la respuesta del panismo es un vergonzoso silencio, porque la dirigente panista, lanzó ataques que alcanzan la esfera más íntima y humana de una persona, cruzó una línea que ninguna diferencia ideológica debería justificar.
Hoy los señalamientos de su podredumbre no vienen solo de los adversarios ideológicos o políticos, sino desde ellos mismos, de sus entrañas. Durante años han sido los propios panistas quienes han acusado públicamente a sus compañeros de partido de corrupción, tráfico de influencias y prácticas indebidas. Felipe Calderón y Margarita Zavala cuestionaron duramente a Jorge Romero por los escándalos relacionados con el llamado cártel inmobiliario de la Ciudad de México, o quien no recuerda a un exsecretario del trabajo de la época del pan en el gobierno, señalando a panistas por presuntos actos de corrupción, tráfico de influencias y esquemas de enriquecimiento irregular.
Y por último la joya de la corona, su estrategia del distractor ante la posible violación constitucional por el gobierno de chihuahua en el caso de las agencias extranjeras en territorio nacional, siguen vulnerando, entregando y cediendo soberanía.
La autoridad moral no se obtiene mediante discursos ni campañas publicitarias, se construye con congruencia, en el caso del pan, que guarda silencio frente a conductas cuestionables de sus dirigentes, normaliza expresiones que atentan contra la dignidad humana y además arrastra años de acusaciones internas entre sus propios liderazgos, solos acabaron con cualquier vestigio de autoridad moral.

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